Ecuador es el país con la mayor tasa de deforestación de América Latina en comparación con su tamaño, incluso más que Brasil.
El desmonte del follaje primario no se ha detenido. En 2018 Ecuador registró 12,5 millones de hectáreas (ha) de bosque nativo, mostrando un descenso constante desde el año 1990 cuando había 14,5 millones de ha.
La deforestación es el problema ambiental más grave que tiene Ecuador. El 90% de esta deforestación está asociada a las actividades agrícolas, el bosque natural se tala para establecer cultivos, en su mayoría de subsistencia, y zonas para el ganado de los pobres, y para establecer monocultivos.
Los científicos creen que si no se toman medidas pronto, los bosques tropicales de la Amazonia ecuatoriana podrían perderse por completo y repetirse la triste historia de lo ocurrido en la provincia de Esmeraldas.
A pesar de ser uno de los 17 países megadiversos del mundo, en las últimas décadas Ecuador ha perdido una gran cantidad de bosques debido al aumento de las actividades humanas. Los datos más actualizados del Ministerio de Ambiente y Agua (MAAE), y que corresponden al 2018, indican que cada año se pierde un promedio de 94 353 hectáreas de bosque en el país, una superficie que, según la FAO, es bastante grande en comparación con otros países de la región con mayor territorio.
Pero este no sería el problema más grave: según los expertos, la tasa de deforestación sería aún mayor porque no hay suficiente investigación sobre la gestión forestal ni suficiente control forestal para determinar el verdadero número de árboles que se pierden cada año.
En los últimos 26 años el país ha perdido más de 2 millones de hectáreas de bosque tropical, es decir, cerca del 7,8% de la superficie total de Ecuador.
Sólo en las provincias de Napo, Orellana y Pastaza, donde viven los huaorani, se ha perdido el 15,13% del bosque tropical.
Perder los bosques tropicales en Ecuador no sólo significaría perder uno de los lugares más biodiversos del mundo sino también perder miles de especies únicas en el planeta, la pérdida de especies podría alterar los flujos de energía del ecosistema y modificar el medio ambiente. Por ejemplo, al deforestar el bosque, se altera la cadena alimentaria y el ecosistema es más propenso a las plagas, las enfermedades o las condiciones meteorológicas extremas.